Antonio Calvo Romero – Biografia


Mi padre Don Antonio Vicente Calvo Valera, además de ser parte imprescindible de mi forma de ser (desde crío me inculcó el amor por los animales, en especial las aves, todavía recuerdo las esperas de reclamo de codorniz (Coturnix coturnix) en las marismas del Guadalquivir de mi pueblo sevillano, le compró al panadero del Cortijo Juan Gómez, propiedad de Don Carlos Urquijo de Federico, dos polluelos de combatientes españoles, finos, que nos llevamos cuando nombraron a mi padre Secretario del Juzgado de Villanueva de la Jara, provincia de Cuenca, tendría unos ocho años por entonces. Yo me encargaba de cuidarlos, sobre todo del frío de aquellos lares, y mi hermano de pasearlos como buen galán que era.

Con once años, tras el traslado familiar a Lucena, provincia de Córdoba, pude asistir a la primera pelea en un reñidero, si bien, como mero observador y sin pagar entrada. Fue en Jerez de la Frontera, provincia de Cádiz, mi padre recién nombrado Secretario del Juzgado, tras promocionar del Juzgado de Lucena, donde un día tuve en mis manos una circunstancia que me marcó para siempre. Era niño, con poco uso de razón, dinero menos aún, eso sí, con unas ganas infinitas de hacer cosas que me llenaran, todo esto con la ayuda de una bicicleta modelo CID (prototipo de las de ahora), mi hermano Vicente, treinta y tres meses mayor que yo y un cesto de esparto con dos asas. Muchos amigos, dieciséis éramos, para disfrutar de andanzas.

Mi primera pelea fue en la plazoleta del Presidente de la Barriada La Plata, donde vivía y conservo recuerdos y añoranzas, el primer gallo melao de mi legitima propiedad tras vencer en la primera pelea, se lo vendimos al insigne Antonio “Chico” Moreno en 250 pesetas.

Don Manuel, el Presidente de la plazoleta, esa que marcó mi vida, y del Reñidero El Embrujo, que tenía su gallera, su crianza, en los jardines de la barriada de la Plata, en un piso bajo, justo en el jardín de delante.Por el camino de la Trocha, actual traza del desdoble de la carretera N-IV, durante diecisiete kilómetros de los de entonces, pedaleando mi hermano y mis amigos, pues yo iba en el manillar con el cesto bien agarrado, con un excepcional gallino, chico de tres libras, a pelearlo a El Puerto de Santa María, que como sería, que a las pruebas me remito, nos lo pidieron y se lo dejamos (previo aguinaldo) para un desafío con el maestro Rafael Ortega, torero y gallero, aunque no se llegó a celebrar. Invite a mi hermano y pandilla, al cine Leala a una sesión matinal de Luis Berlanga, que por cierto, no me entere de nada.

El reñidero primero que pisé con mis gallos fue el Embrujo de Jerez, en calle La Liebre, y la peña Gallística La Gallera, en la Calle La Merced. Aprendí a pelarlos, a descrestar, a rebajarlos, alimentarlos, a correrlos, todo ellos rodeados de mis grandes maestros: Alejandro Moreno,…

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